Me levanté de la computadora (oh milagro) y me dirigí al baño. Mi novio me miró extraño, pero no dijo nada cuando pasé a su lado dentro del departamento. Una vez dentro del baño no pude evitar dar un grito: todo se movía.
"¿Lo sentís, bicha?", me pregunta mi novio del otro lado de la puerta. "¡Se mueve todo!".
Y sí, en el baño se movía la bata, oscilaba desde donde pendía. Parecía que estaba dentro de un colectivo de línea urbana de Córdoba, pero no. Estaba en un baño de un minúsculo departamento planta alta en una ciudad cordillerana chubutense.
A los 5 minutos sonó el teléfono. Era mi cuñado que tímidamente dijo hola y dejó un silencio el que ocupé rápidamente para preguntarle si lo habían sentido.
En el messenger lo mismo. Todos preguntaban si el otro percibió el sismo.
Luego, cerveza de por medio, me fui a dormir. Ni me enteré de los otros dos sismos. Pero esta tarde cuando fui al centro a realizar unas compras, los sismos movían las bocas de las personas. El que lo había percibido, el que no. A qué hora exacta (incluyendo segundos). En la fila de la caja del supermercado una señora llevaba puesto su barbijo. El resto no. Espontáneamente subí el cuello de mi pullover cuando salí a la calle nuevamente.
Los tres sismos tuvieron su epicentro en cercanías del volcán Chaitén, el que desde el 2 de mayo entró en actividad y tiñó de gris la Patagonia.
En general esta situación que estamos viviendo nos ha tomado por sorpresa y nos preocupa. Se me estremece la mente y el corazón cuando veo lo que pasa en Chaitén u observo por televisión de Chile a los evacuados. "¿sabés que es lo peor? -me dijo alguien el otro día-: que no le podemos echar la culpa a nadie".
Y justamente, no le podemos echar la culpa a nadie. Es la naturaleza que nos recuerda a cimbronazos lo pequeños que somos ante su magnitud. Lo miedosos que somos ante lo desconocido. Lo que nos hace pelearnos entre nosotros y descreer todo lo que se dice. Tenemos miedo. Pero no nos movemos de acá. Muy en mis adentros se que pronto pasará y esto será un recuerdo. Pero los barbijos y las antiparras no los saco de mi bolso. Por ahora.
Hace 8 años


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