
Antes de retornar al Sur mi vida era distinta. Mi estilo lo era.
Antes de salir incluso a comprar al kiosco de la esquina no salía si no me maquillaba. "Nunca sabés con quién te podés encontrar", me decía -y aún lo hace a la distancia- mi mamá.
Lo mismo en la oficina. Al terminar mi horario de trabajo me iba al baño a retocar el maquillaje, el peinado, cosa de estar perfecta, como si no hubiera pasado 8 horas entre boxes con luz artificial atendiendo llamados frente a una computadora.
Todos los días de traje. Tenía de invierno y de verano. Y varios. Las camisas eran los comodines de las combinaciones. Los saquitos de hilo ayudaban. Carteras y zapatos al tono. El jean era una mala palabra no aceptada en mi placard. A ése lo dejaba cuando me metía en la tierra del jardín o nos poníamos con mi hermano a arreglar algo de la casa. Lo incoherente quizás era que mientras vestía de esa forma mis amigos eran de ambientes totalmente diferentes. Incluso mis parejas. Estudiantes, que llegaban en remera, short y ojotas a buscarme al trabajo y músicos, esos admirados bohemios. Ahora que lo pienso, había dos personas en mí. La tipo secretaria ejecutiva de la que se liberaba a las 00 horas, como una princesa que logra bajar de la torre donde está cautiva. Guitarreadas, juegos de salón, peñas, recitales de rock, blues, jazz, y tomar Fernet entre charlas profundas -o al menos yo lo creía- eran el otro estilo que se rebelaba en mí.
Pero cuando llegué al Sur y no a una ciudad que se hubiera convertido en una sucursal de Buenos Aires, me sentí un bicho raro.
Mi primer día de trabajo fue un domingo. Y fui de traje bordó con camisita blanca, carterita negra. Peinadita. Maquillada. Con zapatitos. Ya de entrada se me quedaron mirando. También les costó responderme el beso de saludo que acostumbro dar. Hice, sin querer, lo que no se debe hacer en un trabajo en su primer día. Destacarse de más. Para colmo cuando estaba en la cocina de la empresa, tratando de hacerme un café -y a la vez dando tiempo- escucho que alguien le dice a mi jefa "a ver si vos te venís así algún día" y se ríen de lleno.
No hice caso. Trabajé igual, con ganas. No me achiqué cuando tuve que usar una computadora con un sistema operativo del año 83. No me reí cuando me preguntaron si sabía como prender la computadora. Tenía que quedarme tranquilita. Estaba en territorio desconocido y el ambiente no era agradable para ninguno por lo que se podía ver.
Recuerdo que en mis primeras notas también notaba que mis entrevistados estaban incómodos. Ahora con los años, lo entiendo. Parecía una notera de televisión de Buenos Aires, muy preparadita yo, con mi traje Chocolate, haciendo una nota a una familia que pedía ayuda para que sus hijos pudieran tener un techo de verdad y no el de chapa que brillaba con el sol.
Igualmente estuve varios meses así. Creo que fueron tres. Hasta que un día se pasaron. Me enviaron a realizar una entrevista a un área reservada natural. Y no me dejaron ir a cambiarme:"hay que ir ya". Fui vestida de shopping a un bosque. Más que la belleza natural de estos lares, lo que los dejaba boquiabiertos a los turistas era la imagen ridícula de mi persona, con esa vestimenta y unas sandalias negras de taquito. No me enojé. Hice las notas con mi mejor sonrisa y cumplí con el trabajo. Pero ese día llamé a mi familia y -como no tenía un peso- les pedí un par de borcegos.
Ahí empezó el cambio. Mi familia entendió que era un S.O.S y me enviaron una campera polar, mi mamá hizo caso de mi pedido y me envió el jean que sólo usaba durante los fines de semana.
Mi vida cambió cuando conocí los pulloveres de lana cruda y las medias del mismo material. Pero luego con los años -y mejoras de mis ingresos- me fui poniendo más técnica: medias de alta montaña, pantalones antidesgarro e impermeables, borcegos mejores, zapatillas de trekking profesional, camisetas térmicas, micropolar, campera técnica de montaña, pantalón de esquí. Y sí, Jeans. Incluso sí, tuve -está guardado por ahí- esos pantalones llenos de bolsillos color verde militar.
La ropa "linda" la dejaba para los fines de semana.Bah,. en realidad para las salidas, que eran pocas. Hasta el día de hoy me dicen "cómo cambiás cuando salís".
Mi mamá sufrió mucho con mi drástica adaptación geográfica. "Estás re poco femenina", me dijo una vez. Le estuve explicando que las botas hermosas que se ven en las revistas sólo combinan con la nieve en sesiones de fotos. Que bien podía cubrir una conferencia en un salón de un hotel y luego salir corriendo a un incendio en la montaña. Costó pero me entendió.
Ahora respira un poco, pobre mi vieja. Por mi trabajo actual debo maquillarme siempre. Mi cabello se volvió indomable pero hago lo que puedo. Y sí. Mi estilo actual es el que tranquilamente pueden ver en una revista de outdoors. Pero por las noches, a las 00 horas, soy otra.
Antes de salir incluso a comprar al kiosco de la esquina no salía si no me maquillaba. "Nunca sabés con quién te podés encontrar", me decía -y aún lo hace a la distancia- mi mamá.
Lo mismo en la oficina. Al terminar mi horario de trabajo me iba al baño a retocar el maquillaje, el peinado, cosa de estar perfecta, como si no hubiera pasado 8 horas entre boxes con luz artificial atendiendo llamados frente a una computadora.
Todos los días de traje. Tenía de invierno y de verano. Y varios. Las camisas eran los comodines de las combinaciones. Los saquitos de hilo ayudaban. Carteras y zapatos al tono. El jean era una mala palabra no aceptada en mi placard. A ése lo dejaba cuando me metía en la tierra del jardín o nos poníamos con mi hermano a arreglar algo de la casa. Lo incoherente quizás era que mientras vestía de esa forma mis amigos eran de ambientes totalmente diferentes. Incluso mis parejas. Estudiantes, que llegaban en remera, short y ojotas a buscarme al trabajo y músicos, esos admirados bohemios. Ahora que lo pienso, había dos personas en mí. La tipo secretaria ejecutiva de la que se liberaba a las 00 horas, como una princesa que logra bajar de la torre donde está cautiva. Guitarreadas, juegos de salón, peñas, recitales de rock, blues, jazz, y tomar Fernet entre charlas profundas -o al menos yo lo creía- eran el otro estilo que se rebelaba en mí.
Pero cuando llegué al Sur y no a una ciudad que se hubiera convertido en una sucursal de Buenos Aires, me sentí un bicho raro.
Mi primer día de trabajo fue un domingo. Y fui de traje bordó con camisita blanca, carterita negra. Peinadita. Maquillada. Con zapatitos. Ya de entrada se me quedaron mirando. También les costó responderme el beso de saludo que acostumbro dar. Hice, sin querer, lo que no se debe hacer en un trabajo en su primer día. Destacarse de más. Para colmo cuando estaba en la cocina de la empresa, tratando de hacerme un café -y a la vez dando tiempo- escucho que alguien le dice a mi jefa "a ver si vos te venís así algún día" y se ríen de lleno.
No hice caso. Trabajé igual, con ganas. No me achiqué cuando tuve que usar una computadora con un sistema operativo del año 83. No me reí cuando me preguntaron si sabía como prender la computadora. Tenía que quedarme tranquilita. Estaba en territorio desconocido y el ambiente no era agradable para ninguno por lo que se podía ver.
Recuerdo que en mis primeras notas también notaba que mis entrevistados estaban incómodos. Ahora con los años, lo entiendo. Parecía una notera de televisión de Buenos Aires, muy preparadita yo, con mi traje Chocolate, haciendo una nota a una familia que pedía ayuda para que sus hijos pudieran tener un techo de verdad y no el de chapa que brillaba con el sol.
Igualmente estuve varios meses así. Creo que fueron tres. Hasta que un día se pasaron. Me enviaron a realizar una entrevista a un área reservada natural. Y no me dejaron ir a cambiarme:"hay que ir ya". Fui vestida de shopping a un bosque. Más que la belleza natural de estos lares, lo que los dejaba boquiabiertos a los turistas era la imagen ridícula de mi persona, con esa vestimenta y unas sandalias negras de taquito. No me enojé. Hice las notas con mi mejor sonrisa y cumplí con el trabajo. Pero ese día llamé a mi familia y -como no tenía un peso- les pedí un par de borcegos.
Ahí empezó el cambio. Mi familia entendió que era un S.O.S y me enviaron una campera polar, mi mamá hizo caso de mi pedido y me envió el jean que sólo usaba durante los fines de semana.
Mi vida cambió cuando conocí los pulloveres de lana cruda y las medias del mismo material. Pero luego con los años -y mejoras de mis ingresos- me fui poniendo más técnica: medias de alta montaña, pantalones antidesgarro e impermeables, borcegos mejores, zapatillas de trekking profesional, camisetas térmicas, micropolar, campera técnica de montaña, pantalón de esquí. Y sí, Jeans. Incluso sí, tuve -está guardado por ahí- esos pantalones llenos de bolsillos color verde militar.
La ropa "linda" la dejaba para los fines de semana.Bah,. en realidad para las salidas, que eran pocas. Hasta el día de hoy me dicen "cómo cambiás cuando salís".
Mi mamá sufrió mucho con mi drástica adaptación geográfica. "Estás re poco femenina", me dijo una vez. Le estuve explicando que las botas hermosas que se ven en las revistas sólo combinan con la nieve en sesiones de fotos. Que bien podía cubrir una conferencia en un salón de un hotel y luego salir corriendo a un incendio en la montaña. Costó pero me entendió.
Ahora respira un poco, pobre mi vieja. Por mi trabajo actual debo maquillarme siempre. Mi cabello se volvió indomable pero hago lo que puedo. Y sí. Mi estilo actual es el que tranquilamente pueden ver en una revista de outdoors. Pero por las noches, a las 00 horas, soy otra.




