jueves, 29 de mayo de 2008

De Cosmopolitan a Weekend: cambios drásticos del estilo de vida


Antes de retornar al Sur mi vida era distinta. Mi estilo lo era.
Antes de salir incluso a comprar al kiosco de la esquina no salía si no me maquillaba. "Nunca sabés con quién te podés encontrar", me decía -y aún lo hace a la distancia- mi mamá.
Lo mismo en la oficina. Al terminar mi horario de trabajo me iba al baño a retocar el maquillaje, el peinado, cosa de estar perfecta, como si no hubiera pasado 8 horas entre boxes con luz artificial atendiendo llamados frente a una computadora.
Todos los días de traje. Tenía de invierno y de verano. Y varios. Las camisas eran los comodines de las combinaciones. Los saquitos de hilo ayudaban. Carteras y zapatos al tono. El jean era una mala palabra no aceptada en mi placard. A ése lo dejaba cuando me metía en la tierra del jardín o nos poníamos con mi hermano a arreglar algo de la casa. Lo incoherente quizás era que mientras vestía de esa forma mis amigos eran de ambientes totalmente diferentes. Incluso mis parejas. Estudiantes, que llegaban en remera, short y ojotas a buscarme al trabajo y músicos, esos admirados bohemios. Ahora que lo pienso, había dos personas en mí. La tipo secretaria ejecutiva de la que se liberaba a las 00 horas, como una princesa que logra bajar de la torre donde está cautiva. Guitarreadas, juegos de salón, peñas, recitales de rock, blues, jazz, y tomar Fernet entre charlas profundas -o al menos yo lo creía- eran el otro estilo que se rebelaba en mí.
Pero cuando llegué al Sur y no a una ciudad que se hubiera convertido en una sucursal de Buenos Aires, me sentí un bicho raro.
Mi primer día de trabajo fue un domingo. Y fui de traje bordó con camisita blanca, carterita negra. Peinadita. Maquillada. Con zapatitos. Ya de entrada se me quedaron mirando. También les costó responderme el beso de saludo que acostumbro dar. Hice, sin querer, lo que no se debe hacer en un trabajo en su primer día. Destacarse de más. Para colmo cuando estaba en la cocina de la empresa, tratando de hacerme un café -y a la vez dando tiempo- escucho que alguien le dice a mi jefa "a ver si vos te venís así algún día" y se ríen de lleno.
No hice caso. Trabajé igual, con ganas. No me achiqué cuando tuve que usar una computadora con un sistema operativo del año 83. No me reí cuando me preguntaron si sabía como prender la computadora. Tenía que quedarme tranquilita. Estaba en territorio desconocido y el ambiente no era agradable para ninguno por lo que se podía ver.
Recuerdo que en mis primeras notas también notaba que mis entrevistados estaban incómodos. Ahora con los años, lo entiendo. Parecía una notera de televisión de Buenos Aires, muy preparadita yo, con mi traje Chocolate, haciendo una nota a una familia que pedía ayuda para que sus hijos pudieran tener un techo de verdad y no el de chapa que brillaba con el sol.
Igualmente estuve varios meses así. Creo que fueron tres. Hasta que un día se pasaron. Me enviaron a realizar una entrevista a un área reservada natural. Y no me dejaron ir a cambiarme:"hay que ir ya". Fui vestida de shopping a un bosque. Más que la belleza natural de estos lares, lo que los dejaba boquiabiertos a los turistas era la imagen ridícula de mi persona, con esa vestimenta y unas sandalias negras de taquito. No me enojé. Hice las notas con mi mejor sonrisa y cumplí con el trabajo. Pero ese día llamé a mi familia y -como no tenía un peso- les pedí un par de borcegos.
Ahí empezó el cambio. Mi familia entendió que era un S.O.S y me enviaron una campera polar, mi mamá hizo caso de mi pedido y me envió el jean que sólo usaba durante los fines de semana.
Mi vida cambió cuando conocí los pulloveres de lana cruda y las medias del mismo material. Pero luego con los años -y mejoras de mis ingresos- me fui poniendo más técnica: medias de alta montaña, pantalones antidesgarro e impermeables, borcegos mejores, zapatillas de trekking profesional, camisetas térmicas, micropolar, campera técnica de montaña, pantalón de esquí. Y sí, Jeans. Incluso sí, tuve -está guardado por ahí- esos pantalones llenos de bolsillos color verde militar.
La ropa "linda" la dejaba para los fines de semana.Bah,. en realidad para las salidas, que eran pocas. Hasta el día de hoy me dicen "cómo cambiás cuando salís".
Mi mamá sufrió mucho con mi drástica adaptación geográfica. "Estás re poco femenina", me dijo una vez. Le estuve explicando que las botas hermosas que se ven en las revistas sólo combinan con la nieve en sesiones de fotos. Que bien podía cubrir una conferencia en un salón de un hotel y luego salir corriendo a un incendio en la montaña. Costó pero me entendió.
Ahora respira un poco, pobre mi vieja. Por mi trabajo actual debo maquillarme siempre. Mi cabello se volvió indomable pero hago lo que puedo. Y sí. Mi estilo actual es el que tranquilamente pueden ver en una revista de outdoors. Pero por las noches, a las 00 horas, soy otra.

martes, 27 de mayo de 2008

Las notas que me gustan 1: La importancia de donar los órganos


En mi trabajo, como lo señalé en mi primer post, se realizan todo tipo de notas. Pero de todas, yo tengo mis favoritas.

Me gustan aquellas en las que "conecto" con la gente y ésta me cuenta algo de ella. Donde mientras retiro el equipo (cables, micrófono, pen drive, anotador) me llevo un pensamiento, una reflexión.

El 30 de mayo es el Día Nacional de la Donación de Órganos en Argentina y en distintos puntos del país se están desarrollando actividades que buscan recordarle a la gente de la importancia de la donación de órganos y tejidos y cómo estos pueden salvar y cambiar una vida para siempre.

Como la abuela de una amiga, que decidió donarle el riñón a su hija "porque yo ya viví todo y a ella le falta mucho más". Bajo la mirada atenta de su nieta sobre sus comidas, esta señora que le regaló vida dos veces a su hija, es un ejemplo. Son varios los que dicen que muchas veces los donantes vivos (como en el caso de los riñones) son los que sufren un poco más que el receptor del órgano. Por eso me fui emocionada hasta la médula de esa casa tras finalizar la entrevista. Es que, poniéndonos una mano en el corazón, ¿Ustedes lo harían?. Lo que me preocupa es cuánta gente piensa que no.

Hoy conocí otra historia similar, casi idéntica porque fue de madre a hija, nada más que mucho más jóvenes. Dos años de diálisis, dolor y miedo terminaron gracias al trasplante. "Sí, tengo que tomar mis remedios pero tengo una vida normal", me dice contenta y orgullosa -como debe ser- de su madre.

Un hombre por su complicada situación renal sólo estuvo cuatro meses en la lista de espera del INCUCAI y, creánme, estar arriba en ese ranking no es nada bueno. Recibió el riñón y no dudó cuando le pidieron que colaborara para difundir la importancia de donar órganos y evacuar dudas, haciéndolo como protagonista. Allí lo encontré yo. Mientras hablaba con él me acordaba de otro hombre, al que entrevisté tras salir de diálisis. Estaba frágil, muy flaco, con la mirada desgastada de cansancio. Se mantuvo de pie como pudo porque quería contarme lo que le había sucedido: lo llamaron desde INCUCAI porque había un donante en Buenos Aires y el avión de Aerolíneas decidió no esperar y partió sin él.

O como los padres de un joven fallecido abruptamente mientras jugaba un partido de fútbol que, recibieron del INCUCAI una nota donde les informaban qué destino habían tenido los órganos de su hijo. Ellos la llevaron al medio en el que trabajo, porque querían dar a conocer esa información y cómo se trabajaba desde el INCUCAI.


Creo que desde hace casi tres años tomo estas noticias de otra manera. Mi hermana tenía 40 años cuando falleció por cáncer de tejido blando. Si me preguntan, no hubiera dudado un momento en darle de mi cuerpo lo que le hiciera falta para que siguiera con vida pero no se podía hacer nada.


Por eso me parece tan importante esta posibilidad que se nos da de decidir en vida qué se hará con nuestros órganos cuando ya no los necesitemos. Si hay dudas, hay especialistas para evacuarlas. Además le ahorramos a nuestros seres queridos, en el momento de dolor de nuestra partida, tomar ESA decisión.






domingo, 25 de mayo de 2008

Domingos de gloria: descansar y cocinar


Hoy no trabajo.

En el medio en el que estoy actualmente nos turnamos para trabajar en guardias periodísticas un fin de semana sí y otro no. De esa manera podemos disfrutar de dos días seguiditos, como es mi caso ahora.

Les parecerá una tontera pero una de las primeras frases que me dispararon al venir al Sur fue: "El periodismo no tiene horarios, señorita". Esa misma expresión recibía cuando me atrevía a pedir que me paguen las horas extras trabajadas, el presentismo e incluso los feriados.


Por eso realmente disfruto de estos días que tengo en este nuevo trabajo. Eso sí, cuando se está de guardia se trabaja más de lo que se hace en un día normal, ya que en muchos medios sólo hay un periodista para cubrir tooodo lo que pase.

En dos palabras: te matás.


En mis días de descanso como éstos, prefiero abstraerme totalmente -o al menos eso intento- de las noticias. Tendría que irme a acampar al Parque Nacional Los Alerces para eso, ya sé. Pero por lo menos trato.


Y para lograrlo me pongo a limpiar y a cocinar.


Si alguien lee esto y es del Sur, sabrá que en la Patagonia comemos y nos gusta comer bien. No andamos como locos por nuestra figura -o lo ocultamos bastante bien- y tampoco nos volvemos fanáticos de los edulcorantes.

Comer, comer y comer.

Las reuniones con amigos son cenas. Con compañeros de trabajo, son asados. Tomar mate sin algo dulce es una falta de respeto. Acá las tortas fritas son las compañeras del día y las facturas son más baratas que en una gran ciudad.

Así que comemos. Y cómo. El turismo gastronómico que realicé retorné al Sur me sumó varios kilos. Recuperé los perdidos por la depresión del desarraigo y sumé varios más. Bajé con un homeópata y volví a subir.

La excusa perfecta es que una ensalada de lechuguita no te ayuda en nada a bancarte el frío.


Entre mis colegas somos varias las que estamos así.


Intercambiamos miradas de culpa cuando agarramos la masita del lunck en alguna conferencia de prensa. Empezamos a ir a gimnasios y dejamos a los quince días.

Falta el tiempo, las ganas, la movilidad, terminamos reventadas del día laboral y encima nos exigimos más. Caminar es una utopía que le dejo a los de lugares cálidos.

¡Vengan acá a intentarlo con 10 grados bajo cero de temperatura y otros más de sensación térmica!.

Cordero y mucha carne, estofados, guisos, pastas, pizzas, panes caseros, tortas (dulces y saladas), son parte de nuestro menú invernal. Lo más suave es una sopa con fideos caracol.


Así que ya saben, para engordar bien hay que venirse al Sur.


¡Díganmelo a mí que mientras posteaba hice 6 pizzas y una torta de chocolate!



sábado, 24 de mayo de 2008

Sentimos 3 sismos en la Cordillera de los Andes

Me levanté de la computadora (oh milagro) y me dirigí al baño. Mi novio me miró extraño, pero no dijo nada cuando pasé a su lado dentro del departamento. Una vez dentro del baño no pude evitar dar un grito: todo se movía.

"¿Lo sentís, bicha?", me pregunta mi novio del otro lado de la puerta. "¡Se mueve todo!".

Y sí, en el baño se movía la bata, oscilaba desde donde pendía. Parecía que estaba dentro de un colectivo de línea urbana de Córdoba, pero no. Estaba en un baño de un minúsculo departamento planta alta en una ciudad cordillerana chubutense.

A los 5 minutos sonó el teléfono. Era mi cuñado que tímidamente dijo hola y dejó un silencio el que ocupé rápidamente para preguntarle si lo habían sentido.
En el messenger lo mismo. Todos preguntaban si el otro percibió el sismo.
Luego, cerveza de por medio, me fui a dormir. Ni me enteré de los otros dos sismos. Pero esta tarde cuando fui al centro a realizar unas compras, los sismos movían las bocas de las personas. El que lo había percibido, el que no. A qué hora exacta (incluyendo segundos). En la fila de la caja del supermercado una señora llevaba puesto su barbijo. El resto no. Espontáneamente subí el cuello de mi pullover cuando salí a la calle nuevamente.
Los tres sismos tuvieron su epicentro en cercanías del volcán Chaitén, el que desde el 2 de mayo entró en actividad y tiñó de gris la Patagonia.
En general esta situación que estamos viviendo nos ha tomado por sorpresa y nos preocupa. Se me estremece la mente y el corazón cuando veo lo que pasa en Chaitén u observo por televisión de Chile a los evacuados. "¿sabés que es lo peor? -me dijo alguien el otro día-: que no le podemos echar la culpa a nadie".
Y justamente, no le podemos echar la culpa a nadie. Es la naturaleza que nos recuerda a cimbronazos lo pequeños que somos ante su magnitud. Lo miedosos que somos ante lo desconocido. Lo que nos hace pelearnos entre nosotros y descreer todo lo que se dice. Tenemos miedo. Pero no nos movemos de acá. Muy en mis adentros se que pronto pasará y esto será un recuerdo. Pero los barbijos y las antiparras no los saco de mi bolso. Por ahora.

Un excelente blog: Ciega a Citas.com


A LG y su historia las encontré por casualidad una tarde de verano. Vagando por internet hallé este blog que narra diariamente la historia de una periodista treintañera que busca ganarle una apuesta a su madre: tener un novio para ir al casamiento de su hermana.

La madre no sabe que ella sabe de la apuesta. Si no lleva un novio, deberá pagar su hermana la mitad de la boda. Si aparece con un caballero del brazo, la madre se hace cargo de todo.

Por ello empezó a tener citas y cuenta el resultado de cada una de ellas con todo detalle.

LG escribe excelentemente. Da gusto cada día leer sus blogs y no es de extrañar que, cuando termine la historia salga un libro, lo que ya ha confirmado a sus fanáticos.

Existen quienes creen que todo es una mentira y que detrás del blog hay una editorial, un sitio de citas y hasta metieron al Dr. Cormillot debajo de la ropa de LG. Para mí es una historia cierta.

En mis horas de ocio mientras llueve, nieva o simplemente hace frío, me entretengo leyendo la historia de esta colega de Buenos Aires.

Espero que la conozcan y me digan que les parece.

viernes, 23 de mayo de 2008

Así comienzo...

Hacer periodismo en el Sur es totalmente distinto a lo que te enseñan en las universidades de las grandes urbes. Aquí el periodista debe ser multifuncional, saber de deportes y de política, de actividades sindicales y de arte. El clima no acompaña, el equipo tampoco y se debe abarcar mucho en poco tiempo a punto que te olvidás en diez días a quién le hiciste nota.
La paga, comparada con otras provincias es buena, pero igualmente con el alto costo de vida del Sur, deja mucho que desear. En los medios chicos la libertad de prensa no existe, se lleva todos los titulares la libertad de empresa. Firmar una nota en un diario es un logro no permitido. Mientras nuestros colegas de la Ciudad Autónoma se matan por la nota de Economía o los interiores de la casa Rosada, aquí vemos que la gente pide chapas para su techo o nylons para sus ventanas. Es otra miseria. Pero válida en mayúsculas. Necesitaba compartir un poco de esto. De las impresiones que me quedan de las notas que realizo a diario. Reconocer también el trabajo que, junto a mis colegas, realizamos con el peor clima y las pobres condiciones. Porque somos patagónicos y no sólo la cámara no se baja, tampoco el micrófono ni nuestras personas. De pie, en la Patagonia. El paraíso de Dios, olvidado por el resto.